14/10/08

Perro II

La literatura no alcanza. El perro de mi vecino sigue vivo, y parece que redoblara sus esfuerzos. Ladra con obstinación, no ya solamente a altas horas de la noche, sino en cualquier momento del día. Tal vez sufra de stress por falta de paseo. Pero no me importa. Es menester pasar a la acción. Determino que mi vida tiene mayor valor que la del perro, porque puedo producir algo más que inmundicias y desafinados ladridos insomnes.

Recuerdos de otras épocas me infunden renovados bríos: cada vez que lo sacaban era imposible exponer mi humanidad en la vereda. Lo habían adiestrado para atacar intrusos, pero careció aquél entrenamiento de la vital diferenciación entre extraños y vecinos. Arremetía entonces con una velocidad de la que yo, pobre bípeda, carecía, obligándome al reingreso en mi morada y a esperar pacientemente que el dichoso paseo concluyera. Si se encontraba apostado detrás de su reja desgraciadamente contigua al jardín en el frente de mi casa, y mi mala fortuna quería que mi rumbo al salir de casa fuera el de la izquierda -y muy rara vez resultaba en el contrario-, era cuestión de tomar coraje. El estaba siempre alerta para descargar toda la furia de su encierro en sus ensordecedores, procaces y centelleantes gritos.

Lo intentaba todo: concentrarme en cualquier cosa, hacerme la distraída, enfrentarlo furibunda ladrando a mi vez o haciéndole burla (del otro lado de la reja, claro está), hablarle civilizada y hasta cariñosamente para que entrara en razones, evocar el nunca bien ponderado exorcismo canino "San Roque, San Roque, que este perro no me mire ni me toque", infalible con cualquier otro de sus congéneres. Pero no había santo, ni perfume francés, ni método de control mental que lograra camuflar mi adrenalina. Había que sortear sus adyacencias trazando complicadas trayectorias a fin de evitar que la violencia sobre mis oídos y mi alma fuera tan directa. Al parecer era imposible que no se encendiera su rabia contra el mundo, que descargaba invariablemente sobre mí, la más cercana, como suele ocurrir con tantos rabiosos.

Con los años, la dueña de casa decidió cultivar rosas; el perro fue trasladado a la terraza desde la cual no ha cesado de torturarme. Allí, favorecido por la acústica de ese espacio, se complace en alternar sus histéricos ladridos con una especie de lloriqueo espasmódico y patético.

-Y todavía hacés el papel de víctima? Tomá, perro: comete este bifecito...

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