30/11/09

Julee Cruise - The Art of being a girl

http://www.youtube.com/watch?v=WoEWvBuoVA0&feature=related

18/10/08

Sumerjo mi cuerpo en el estanque del Señor Monet, y vuelo en sus aguas cristalinas y luminosas; me transformo en nenúfar y vibro con el pequeño y dulce viento, con los sonidos musicales del agua, vibro con la luz,
vibro con la vida.

El cuento del té - Anónimo

En tiempos antiguos, fuera de la China, el té era desconocido. Rumores de su existencia habían llegado tanto a los sabios como a los ignorantes de otros países y ellos trataron de averiguar qué era el té, cada uno de acuerdo con lo que él quería o pensaba que debía ser.

El Rey de Inja ("aquí") envió una ambajada a la China, y les fue servido té por el Emperador Chino. Pero, al ver que el pueblo lo bebía también, consideraron que no era apropiado para su amo, el rey: hasta llegaron a imaginar que el Emperador Chino trataba de engañarlos, dándoles otra bebida en lugar del celestial brebaje.

El más grande filósofo de Anja ("allá"), recogió toda la información que pudo acerca del té y llegó a la conclusión de que debía de ser una sustacia que existía sólo raramente, y que era de un orden distinto de cualquier otra cosa conocida hasta entonces. Acaso no se referían a ella diciendo que era una hierba, un agua, verde, negra, a veces amarga, a veces dulce?

En los países de Koshish y Bebinem, durante siglos, la gente probó todas las hierbas que pudo encontrar. Muchos resultaron envenenados, todos se sintieron desilusionados. Nadie había tríado la planta de té a sus tierras, y por lo tanto, no pudieron encontrarla. Asimismo, probaron toda clase de líquidos que pudieron encontrar, pero sin éxito.

En el territorio de Mashab ("sectarismo"), una pequeña bolsa de té era llevada en procesión ante la gente mientras ésta realizaba sus oficios religiosos. A nadie se le ocurría probarlo; en realidad nadie sabía cómo. Todos estaban convencidos de que el té, en sí, poseía una cualidad mágica. Un hombre sabio les dijo: "Viertan agua hirviendo sobre él, ignorantes." Fue colgado y clavado, porque hacer esto, de acuerdo con sus creencias, hubiera significado la destrucción de su té. Esto probaba que era un enemigo de su religión. Antes de morir había transmitido su secreto a unos pocos, y éstos lograron obtener algo de té y beberlo secretamente. Cuando alguien decía: "Qué estáis haciendo?", ellos respondían: "Sólo es medicina que tomamos para cierta enfermedad."

Y así sucedía en todo el mundo. El té fue visto crecer realmente por algunos que no lo reconocieron. Fue dado a beber a otros, pero éstos pensaron que era la bebida de la gente común. Había estado en posesión de otros, y éstos lo veneraron. Fuera de China, sólo unos pocos realmente lo bebían, pero a escondidas.

Entonces llegó un hombre de conocimiento y dijo a los mercaderes de té, a los bebedores de té, y a otros: "El que prueba, sabe. El que no prueba, no sabe. En lugar de hablar sobre el celestial brebaje, nada digan, pero ofrézcanlo en sus banquetes. Aquellos a quienes guste pedirán más. Los que no lo hagan, demostrarán que no están capacitados para ser bebedores de té. Cierren la tienda de argumentos y misterios. Abran la casa de té de la experiencia."

El té fue traído a través de las posadas que se hallan a lo largo de la Ruta de la Seda, y cuando un comerciante que transportaba jade, joyas, o seda, se detenía a descansar, hacía té y lo ofrecía a cuanta persona estuviese cerca de él, conociera o no la reputación del té. Este fue el comienzo de las Chaikhanas, las casas de té que fueron establecidas a lo largo de todo el trayecto que va de Pekín a Bokhara y Samarcanda. Aquellos que probaban, sabían.

Al principio, y nunca olviden esto, sólo los grandes y los que pretendían ser sabios fueron quienes buscaron la celestial bebida, y exclamaban: "Pero estas son sólo hojas secas!" o: "Por qué hierves agua, extranjero, cuando todo lo que quiero es la celestial bebida?" o aun: "Cómo puedo saber qué es esto? Demuéstramelo. Además el color del líquido no es dorado, sino ocre!"

Cuando se conoció la verdad, y el té se trajo para todos los que querían probarlo, los papeles se invirtieron y las únicas personas que decían cosas parecidas a las que habían dicho los grandes e inteligentes, eran los tontos de remate. Tal es la situación hasta el día de hoy.

14/10/08

Perro II

La literatura no alcanza. El perro de mi vecino sigue vivo, y parece que redoblara sus esfuerzos. Ladra con obstinación, no ya solamente a altas horas de la noche, sino en cualquier momento del día. Tal vez sufra de stress por falta de paseo. Pero no me importa. Es menester pasar a la acción. Determino que mi vida tiene mayor valor que la del perro, porque puedo producir algo más que inmundicias y desafinados ladridos insomnes.

Recuerdos de otras épocas me infunden renovados bríos: cada vez que lo sacaban era imposible exponer mi humanidad en la vereda. Lo habían adiestrado para atacar intrusos, pero careció aquél entrenamiento de la vital diferenciación entre extraños y vecinos. Arremetía entonces con una velocidad de la que yo, pobre bípeda, carecía, obligándome al reingreso en mi morada y a esperar pacientemente que el dichoso paseo concluyera. Si se encontraba apostado detrás de su reja desgraciadamente contigua al jardín en el frente de mi casa, y mi mala fortuna quería que mi rumbo al salir de casa fuera el de la izquierda -y muy rara vez resultaba en el contrario-, era cuestión de tomar coraje. El estaba siempre alerta para descargar toda la furia de su encierro en sus ensordecedores, procaces y centelleantes gritos.

Lo intentaba todo: concentrarme en cualquier cosa, hacerme la distraída, enfrentarlo furibunda ladrando a mi vez o haciéndole burla (del otro lado de la reja, claro está), hablarle civilizada y hasta cariñosamente para que entrara en razones, evocar el nunca bien ponderado exorcismo canino "San Roque, San Roque, que este perro no me mire ni me toque", infalible con cualquier otro de sus congéneres. Pero no había santo, ni perfume francés, ni método de control mental que lograra camuflar mi adrenalina. Había que sortear sus adyacencias trazando complicadas trayectorias a fin de evitar que la violencia sobre mis oídos y mi alma fuera tan directa. Al parecer era imposible que no se encendiera su rabia contra el mundo, que descargaba invariablemente sobre mí, la más cercana, como suele ocurrir con tantos rabiosos.

Con los años, la dueña de casa decidió cultivar rosas; el perro fue trasladado a la terraza desde la cual no ha cesado de torturarme. Allí, favorecido por la acústica de ese espacio, se complace en alternar sus histéricos ladridos con una especie de lloriqueo espasmódico y patético.

-Y todavía hacés el papel de víctima? Tomá, perro: comete este bifecito...

29/9/08

El cuento de las arenas

Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas, después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas, al fin alcanzó las arenas del desierto. Del mismo modo como había sorteado todos los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último, pero se dio cuenta de que sus aguas desaparecían en las arenas tan pronto llegaban a éstas.
Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar ese desierto y sin embargo, no había manera. Entonces una recóndita voz, que venía desde el desierto mismo, le susurró: "El viento cruza el desierto, y así puede hacerlo el río".
El río objetó que se estaba estrellando contra la arena, y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.
-Arrojándote con violencia como lo vienes haciendo, no lograrás cruzarlo. Desaparecerás o te convertirás en pantano. Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino.
-Pero cómo podría esto suceder?
-Consintiendo en ser absorbido por el viento.
Esta idea no era aceptada por el río. Después de todo, él nunca había sido absorbido antes. No quería perder su individualidad.
-Y, una vez perdida ésta, cómo puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?
-El viento -dijeron las arenas- cumple esta función. Eleva el agua, la transporta sobre el desierto y luego la deja caer. Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río.
-Cómo puedo saber que esto es verdad?
-Así es, y si tú no lo crees, no te volverás más que un pantano y aun eso tomaría muchos años; y un pantano, ciertamente no es la misma cosa que un río.
-Pero no puedo seguir siendo el mismo río que ahora soy?
-Tú no puedes en ningún caso permanecer así -continuó la voz- Tu parte esencial es transportada y forma un río nuevamente. Eres llamado así, aún hoy, porque no sabes qué parte tuya es la esencial.
Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar en los pensamientos del río. Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él, -cuál sería?- había sido transportada en los brazos del viento. También recordó -o le pareció?- que eso era lo que realmente debía hacer, aun cuando no fuera lo más obvio.
Y el río elevó sus vapores en los acogedores brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia arriba y a lo lejos, dejándolo caer nuevamente tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña, muchas pero muchas millas más lejos. Y porque había tenido sus dudas, el río pudo recordar y registrar más firmemente en su memoria los detalles de la experiencia. Reflexionó: -Sí, ahora conozco mi verdadera identidad.
El río estaba aprendiendo, pero las arenas susurraron: -Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto día tras días, y porque nosotras, las arenas, nos extendemos por todo el camino que va desde las orillas del río hasta la montaña.
Y es por eso que se dice que el camino en el cual el Río de la Vida ha de continuar su travesía, está escrito en las arenas.

19/9/08

Manifiesto

No, señores!
Basta de vivir como una coreana cosiendo quince horas al día!
Quiero vivir al sol, mutando, en juego. Bailarina de las tormentas, mi vestido llamea con los rugidos del viento.
Basta de miedo y de muecas estúpidas!
Basta del intento de ocultar la belleza!
Quiero usar esta desesperación para la vida inquieta, no quiero ser sólo Scream, el gato con problemas.
Ascender y romper techos y más techos, hasta poder contemplar las estrellas.